Ajedrez, el poder de hacer feliz la gente

Pasteles de Ajedrez

Sesenta y cuatro escaques. Treinta y dos piezas. Y una posibilidad combinatoria casi infinita. Ninguna partida de ajedrez es igual a otra. Cada una es un desafío único, jugada en este cuadrado mágico que es el tablero: un reino que no se encuentra en ningún mapa.

Para muchos no es solamente un juego si no también una ciencia que pertenece a todos los pueblos y a todos los tiempos.

Alëchin afirmó que el ajedrez es un arte, mientras que Capablanca lo vió como pura técnica, sin embargo, para Lasker, el ajedrez significaba lucha.

La leyenda dice que cuando el juego fue introducido por primera vez en la corte de un príncipe de Las Indias, el sultán quiso premiar al siniestro inventor cumpliendo cada uno de sus deseos. Éste pidió, entonces, una recompensa aparentemente modesta, tener toda la cantidad de trigo que podría resultar de una simple suma: un grano en la primera de las sesenta y cuatro casillas, dos en la segunda, cuatro en la tercera, y así sucesivamente…

Pero cuando el sultán, que al principio aceptó de buen grado, se dió cuenta de que para satisfacer semejante petición no hubieran bastado los graneros de su reinado, ni siquiera los de toda la Tierra, le cortó la cabeza.

Ajedrez en la calle

Quién no conoce el ajedrez está quizás inclinado a ver este juego como una actividad tediosa, aburrida, apta para excéntricos ociosos o personas ancianas: para gente que posee, en todo caso , una gran dosis de paciencia y una cantidad considerable de tiempo para perder.

Todo esto es cierto sólo en parte, porque el ajedrez también requiere una energía poco común y sobre todo, la frescura mental de un niño. Y si a veces el jugador viene imaginado bajo el aspecto de una persona mayor con la frente ceñuda, esto es sólo la representación emblemática de una actividad en la que se gastan los días, los años, la existencia misma en una llama inextinguible. Sin embargo, paradójicamente, el jugador de ajedrez saborea la parada del tiempo en una ansiedad de eterno presente.

Siegbert Tarrasch, uno de los mas grandes jugadores de todos los tiempos, dijo una vez que el ajedrez es como el amor y la música tiene el poder de hacer felices a los hombres.

Yo creo, sin embargo, que el ajedrez es un poco como la vida misma: intimida a la gente, por eso inventaron “las damas”.

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