La Historia del Futbolín

Historia del Futbolín

La reconstrucción de la trayectoria histórica del futbolín no es tarea muy simple ya que las fuentes son contradictorias, y a menudo de dudosa procedencia.

El futbolín parece haber sido inventado en Alemania por Broto Wachter entre los años 20 y 30, y al mismo tiempo en Francia se realizaron las primeras mesas de juego (en particular, parece que la idea sea de Lucien Rosengart, trabajador Citroën ya inventor en otros campos), independiente también en España, concretamente en Barcelona, Alejandro Finisterre inventó y perfeccionó el futbolín en su versión más moderna y registró la patente en 1937. Alemania, Francia y España, entonces, se contienden la paternidad del futbolín aunque no es de excluir la versión inglesa realizada por Harold Searler Thorton y patentada en el 1923.

De acuerdo con el histórico importador estadounidense del futbolín, Bud Wachter, la idea original nació en Alemania en un intento de trasladar el juego del fútbol a un juego de mesa. En particular, se concreta en bares y clubes donde la gente se reunía para celebrar las victorias o beber y olvidar las derrotas de los muchos equipos locales de fútbol.
Las mesas de juego fueron construidas con cajas de madera artesanales (el plan de juego se realizaba con madera contrachapada), las varillas eran de madera y las figuras de los jugadores también eran hechas con bloques de madera, las puertas fueron cortadas en los dos extremos y cerradas con tela para recoger las bolas, el todo fue montado sobre una piernas rudimentarias.
Su difusión fue tan rápida que en poco tiempo casi todos los clubes tenían su propio kicker, nombre con el que se identificaba el juego y que entró en el uso común. Incluso hoy en día, en Alemania, es uno de los nombres más utilizados para indicar el futbolín.

Sin embargo, la versión española del futbolín nace con un objetivo más noble. En el 1936 Alejandro Finisterre, un joven que vagaba de un hospital a otro porque herido en los bombardeos de Madrid de la guerra civil española, se dio cuenta de que la mayoría de sus compañeros de sala eran adolescentes como él, pero por desgracia, a causa de las heridas sufridas, habían perdido las extremidades inferiores. Un horizonte sombrío, que pronto cambiaría de color. Apasionado por el tenis de mesa, Alejandro Finisterre pensó que si se podía jugar una especie de mini tenis con raquetas y mesa verde, lo mismo podría hacerse con el fútbol. Gracias a Francisco Javier Altuna carpintero que trabajaba en el hospital, fueron creadas pequeñas figuras de madera montadas en largas barras horizontales y puestas en una estructura con un plan de juego en madera contrachapada con dos aberturas, una por cada lado corto, rodeadas de una pequeña red, al igual que el fútbol de verdad. “Yo estaba en Barcelona, cuando un líder anarquista que vio mi futbolín, me aconsejo de registrar la patente inmediatamente”, comentaba hace unos años Alejandro Finisterre en una entrevista. La invención fue registrada rápidamente en 1937 en Barcelona.
Por mala suerte, durante el régimen franquista, mientras huía en Francia a través los Pirineos, el joven inventor perdió todos los papeles de la patente por culpa de una lluvia torrencial.
Pasó muchos años en el exilio, no sólo en Francia sino también en Ecuador, Guatemala y en particular en México. Alejandro regresó a España en 1976, después de la caída de la dictadura, donde continuó a ocuparse de los libros de León Felipe y de política.

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